Que Norma se muera
Sinestesia Salvaje
Ya está en Spotify, completa, mi novela corta El cuarto deseo. Son quince capítulos, de entre tres y trece minutos cada uno, leídos por mí.
Me gustó leerla en voz alta, equivocarme y volver a grabar; me gustó pedirles las intros de cada capítulo a familiares y amigas y me gustó editarlos e ir subiéndolos. Y me gustó aprovechar, hace unos días, un viaje de una hora y media para escucharla casi completa, haciendo un poco de control de calidad y al mismo tiempo dejándome llevar por la historia y por la cadencia como si hubiera sido escrita por otra persona.
La considero ideal para escuchar mientras caminás por la calle, salís a correr, viajás en auto o transporte público, paseás al perro, lavás los platos, pintás decorativamente o hacés alguna tarea manual, cuando te tirás en el sofá o en el sillón a pasarla bien, cuando estás solx o acompañadx en la cama y querés que las palabras se te vayan mezclando con las imágenes del sueño o cuando te desvelás a las cuatro de la mañana y querés evitar que te aplasten el techo o la oscuridad.
En mi biblioteca me quedan algunos ejemplares del libro. Si querés uno podés pedírmelo. Y también, si te gustó el plan, podés invitarme CAFECITOS.
Más abajo copio algunos fragmentos. Y acá el link al primer capítulo para escucharlo en esta plataforma o entrar a Spotify y seguir escuchando los catorce siguientes a tu ritmo:
Estirando las piernas pensó en lo raro que era que el océano terminara siempre en el mismo lugar y que la orilla, que era el borde de esa monstruosa cantidad de agua, no se desbordara fácilmente y por cualquier motivo hasta cien o mil metros más allá. Imaginó un mapa del continente americano y del océano Atlántico y pensó que para el agua sería muy fácil cubrir en pocos minutos a la tierra, que algún día se iba a desatar un tsunami gigante y que así todo iba a desaparecer: las casas, los barrios, las ciudades, las parejas, las familias, los negocios, las oficinas, los bancos llenos de plata…
Después se quedaron un rato en silencio viendo cómo, a unos doscientos metros de la costa, el agua cambiaba de color: tras un límite muy preciso dejaba de ser oscura y se volvía turquesa. A Alberto, mientras inhalaba profundo por la nariz, le gustó sentir que, aunque no lo decían, los tres tenían la certeza de que estaban mirando lo mismo. Cuando Josefina y Daniel se animaron a entrar al mar y Alberto volvió solo a la sombrilla, Norma ya se había sacado la camisola y los anteojos y tomaba sol con los ojos cerrados. Tratando de hacer el menor ruido posible él buscó en el bolso los anteojos negros y el libro de autoayuda que le habían regalado para el cumpleaños y ahora sí, sin poder concentrarse en la lectura, se dedicó a mirar a Josefina, primero mientras se revolcaba en las olas y jugaba a tirarse agua con Daniel y después mientras salía y se acercaba a él y buscaba una gomita para el pelo y volvía al agua: tenía una bikini que dejaba admirar sus tetas firmes y tirando a grandes y el mejor culo que podía contemplarse desde Cariló hasta el norte de Pinamar. Se preguntó cómo habría hecho su amigo, y volvió a sentir una envidia que esta vez no fue leve sino que le quemó el pecho con una puntada.


